No me gusta la rutina, pero sí el orden
Hay algo que descubrí hace poco y me cuesta un leve aceptar: no me gusta la rutina. Y no me refiero a que no me guste hacer cosas, porque en realidad me gusta estar ocupada, trabajar, tener pendientes, ir a hacer ejercicio, hacer planes, salir, ver gente. Me gusta sentir que mi día tiene movimiento, que pasan cosas, que estoy haciendo algo. Lo que no me gusta es sentir que todos los días tienen que verse igual.
Porque sí, me gusta el orden. Me gusta tener estructura, saber qué voy a hacer, a qué hora, con quién. Me da tranquilidad tener claridad sobre mi semana, sentir que mi tiempo está organizado. Pero hay una parte de mí que se resiste muchísimo a repetirla. A saber que todos los lunes se ven igual, que todos los martes tienen la misma forma, que hay cosas que tienen que pasar siempre a la misma hora sin importar cómo me sienta o si tenga ganas.
Me cuesta especialmente con los horarios fijos. El típico horario de oficina, por ejemplo, o tener que ir a pilates siempre a la misma hora aunque ese día quisiera ir más tarde. Y no es flojera, es más bien una incomodidad con la sensación de obligación. Porque cuando algo se vuelve completamente fijo, deja de sentirse como una elección, y a mí me gusta sentir que estoy eligiendo.
Al mismo tiempo, sé que necesito estructura para que las cosas funcionen. Si no organizo mi semana, si no defino ciertos espacios, todo se desacomoda: no hago ejercicio, no avanzo en lo que tengo que hacer, dejo de ver gente, pierdo ritmo. La estructura sí me ayuda. Pero también es la misma estructura la que a veces me pesa, porque entonces ya no hay espacio para decidir en el momento.
Y creo que ahí está el punto: me gusta el orden, pero no la repetición.
Me gusta tener dirección, pero no sentir que mi vida está completamente predeterminada.
Me gusta planear, pero también me gusta cambiar de opinión.
Me gustan los hábitos, pero no que se sientan como una obligación inflexible.
Me gusta construir una rutina, pero no vivir atrapada en ella.
La vida adulta, en general, funciona con estructura. El trabajo tiene horarios, los espacios tienen reglas, el tiempo se organiza en bloques, y si quieres que las cosas funcionen, tienes que adaptarte un poco a eso. Pero también creo que hay algo válido en aceptar que puedes necesitar orden sin querer sentirte limitada por él.
A mí me gusta tener control de mi tiempo, pero no que mi tiempo me controle a mí. Me gusta saber qué voy a hacer, pero también quiero poder moverlo si ese día necesito otra cosa. Hay días donde quiero trabajar todo el día, otros donde quiero ir a hacer ejercicio, otros donde quiero ver a alguien, y otros donde simplemente no quiero hacer nada. Y ese “no hacer nada” no es perder el tiempo, es descanso, disfrutar sin prisa principalmente.
No sé si esto cambie, pero por ahora estoy aprendiendo a convivir con esa contradicción: necesitar estructura, pero no querer vivir completamente dentro de ella. Tal vez no se trata de encontrar la rutina perfecta, sino de construir una que te funcione sin que te pese, algo más flexible, más a tu gusto.
Porque si algo tengo claro es esto: no me gusta vivir en automático. Prefiero esos días donde hago un poco de todo, a mi ritmo, donde no todo está completamente definido y todavía hay un «factor sorpresa».
Donde el día todavía se siente mío.
Para esos días con manos ocupadas y oídos libres: Le puse voz a lo que escribo en este blogcast, por si te acompaña mejor en audio 🔊 Recuerda que también puedes suscribirte.
Foto de Velizar Ivanov en Unsplash

