Un canto para resistir

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Autora: Cristina Mazariegos

La tierra roja

En las mañanas, mientras sacaba agua del pozo para dar de beber a los animales, cantaba una canción que le habían enseñado de pequeña. Era una nana, decía algo así: “duerme, duerme, negrita que tu mama está en el campo, negrita; duerme, duerme, mobila que tu mama está en el campo, mobila”. No sabía por qué, al estar entre caballos, burros, mulas, conejos y gansos, esa canción le volvía a la mente. Ella creía que los animales se la habían aprendido y cuando la cantaba, la repetían, nomás que la traducían a “su idioma”. Después de cantarles, recorría descalza el jardín que rodeaba la pequeña casa en la colina, donde vivía. Le gustaba sentir el fresco del pasto y la humedad del lodo en los pies. Balancearse en los columpios hechos de llanta y lazo, y saltar cuando había alcanzado una buena altura. Cuando el salto le fallaba, terminada con las rodillas hechas añicos, pero terca cual era, lo volvía intentar una y otra vez, hasta caer de pie. Le fascinaba el color rojo de la tierra de aquel lugar recóndito donde había pasado sus primeros años; pensaba que la tierra era roja porque en ella se concentraba todo el amor del mundo, cómo si no, de ella nacían flores, frijol, maíz. Era roja porque rojo es el corazón, -pensaba-. Una felicidad indescriptible la invadía al tocar esa tierra porque creía que al hacerlo tocaba el corazón de todos/as los/as seres humanos/as y no humanos/as que la habitaban. Le gustaba pensar que así como ella era parte del mundo, el mundo de ella, y esa relación sólo podría funcionar al sentir entre sus dedos esa arcilla. Hace 25 años que ya no saca agua del pozo y le canta a esos animales que alegraron su infancia; hace mucho tiempo que sus pies no sienten la humedad del lodo, ni se columpia en las llantas colgantes, pero hay algo que siempre va a recordar: el rojo intenso de esa tierra roja, la sensación de plenitud al sumergir sus manos en ella y el profundo amor que le despertaba sentirse parte de todo. La lleva clavada en la piel. Desde entonces camina con “una bolsita” de tierra roja pegada al corazón, dónde si no.

El tejido de las catarinas

María, – así se llama la intrépida niña que saltaba de las llantas colgantes-, decidió abrir la bolsita con tierra roja que lleva pegada al pecho. De la tierra salía una hoja diminuta. Sorprendida, la tomó con cuidado para observarla de cerca. Sobre la hoja un grupo de catarinas formaban una palabra: “frío”. Se la acercó lo más que pudo a los ojos, pensaba que estaba imaginándolo todo. Después al oído, ¡las catarinas le cantaban! Alejó la hoja con el grupo de mariquitas. Respiró. Enfocó de nuevo la mirada. Los pequeños animales comenzaron a moverse y mientras se movían, de sus alas salía una especie de hilo. Increíblemente ante sus ojos, la hoja crecía. Las cantarinas tejían con el hilo de sus alas y su canto iba subiendo de volumen. María alcanzó a escuchar: “Fui niño, cuna, teta, techo, manta/ más miedo, cuco, grito, llanto, raza/ después mezclaron las palabras o se escapaban las miradas/algo pasó, no entendí nada”. Esa melodía le parecía tan conocida, pero no recordaba cuál era esa canción que le hacía galopar el corazón. Se concentró. Decidió seguir escuchando. De a poco y al ritmo de las palpitaciones de su corazón, las cantarinas, entre el canto y la tejida, formaron otra palabra: “vida”. María no podía creer lo que en su pecho sucedía. Se pellizcó. ¡Era imposible! Hace tiempo la tierra estaba ahí, quieta y cálida, al menos eso pensaba ella pero, al parecer, por alguna razón que aún no logra descifrar, la tierra se había enfriado y todo parecía indicar que esos pequeños animalitos tenían el propósito de regresarle su calor. Nunca había sentido que algo extraño sucediera en esa bolsita. Más bien, desde que decidió guardarla no la había abierto, pensaba que era mejor no tocarla. Los insectos siguieron cantando: “Hablar mirándose a los ojos/ sacarlo todo afuera como la primavera/ nadie quiere que adentro algo se muera”. ¡Ya sé!- dijo María – y comenzó a cantar integrándose al coro: “Soy agua, playa, cielo, casa blanca /soy mar, Atlántico, viento y América/ soy un montón de cosas santas, mezclada con cosas humanas”. Sacó su propio hilo, agujas y comenzó a tejer. “Soy pan, soy paz, soy más/ soy la que está por acá/ no quiero más de lo que quieras dar/hoy se te da, hoy se te quita”. Tejía y cantaba, tejía y cantaba y cuando terminó la canción, resultó que la tierra había recuperado su calor, la hoja estaba más grande y se asomaba un hermoso botón de flor. Había ahí pegadito a su pecho, un jardín en construcción.

Salir del capullo

Las catarinas terminaron de tejer la colcha contra el frío para María. En realidad tejieron una especie de capullo alrededor de ella. La dejaron ahí adentro un par de meses, cada día se asomaban por un pequeño agujero, para ver cómo iba cambiando. Le susurraban palabras de aliento y al despedirse le decían: “confía “. Al principio, no quería escucharlas. Una vez les pidió que no regresaran más, que la dejaran en ese capullo del que quizás nunca saldría. Pero, con el paso del tiempo, María se sorprendió al ver sus propios cambios. Las catarinas nunca dejaron de visitarla, al contrario, a veces se reían al ver cómo María se resistía, le hacían bromas que le provocaban millones de sonrisas. Esas sonrisas transformaron el capullo en una especie de caparazón tornasol. Un día, sin darse cuenta, el caparazón comenzó a destejerse, la sorprendió la luz radiante del sol y una mirada profunda. Entre los hilos apareció una mano que la ayudó a desenredarse, con el hilo que quedó tejieron un corazón, lo tomaron entre sus manos y a partir de entonces lo cuidan. Las catarinas la siguen visitando, esperando que el frío jamás se vuelva a instalar en su cuerpo y que desde su corazón se sigan tejiendo sueños. Hoy, la tierra roja en su pecho sigue cálida a pesar de los inviernos.

*María y las catarinas cantaron y tejieron al son de “Duerme negrito” canción de cuna antillana, recopilada por Atahualpa Yupanqui y “Soy pan, soy paz, soy más”de Merecedes Sosa.

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