Nuestra relación fue una pesadilla

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Autora: Regina González

Tomé una siesta. Tomé una siesta durante dos horas. Soñé mucho, se sintió como si hubieran pasado años.  Soñé que ya vivía sola, todavía tenía un martillo bajo mi  almohada, todavía tenía miedo. Mariana estaba en la  cocina, ella no tenía miedo pero la sentía rara. Me dio un  paquete que tú enviaste. Una caja de zapatos.

Fátima estaba fuera haciendo el mandado, Mariana me dijo. No  estaba borracha pero no me podía mantener de pie. Tal  vez sí estaba borracha. Borracha y meditabunda. Es tábamos ocupadas haciendo nada, estresadas pero  bromeando. La caja de zapatos estaba en la mesa vién dome mientras Mariana y yo nos sentábamos a platicar  de nuestros planes de veinteañeras irresponsables. Viajar,  un podcast feminista, tal vez intentar relaciones abiertas,  sugar daddies pa’ divertirnos, sugar daddies que nos  paguen el doctorado, trabajos mal pagados, tatuajes se cretos. Hablamos de lo difícil que es no odiar a los hom bres y sobre lo mucho que hemos amado a los hombres. 

Me dijo que no debería ignorar la pinche caja. Hablé por  teléfono con Jesús y con Diego. Pedí su consejo, pero no  recuerdo lo que me dijeron. Recuerdo sus voces un tanto  lejanas y cortadas sin contenido. Pura forma. Colgué llorando. Odié cada segundo de este sueño. Mariana se paró  en la cocina, estaba dormida con los ojos abiertos. Me  dejó sola con la puta caja. Me desnudé de repente, la  ropa se sentía como la prisión que mi piel es. Estaba sola  con mi martillo, mi caja y mi piel. Se sintió el aire muy  lúgubre, similar al día que me di cuenta de que eres un  pendejazo y también al día que te conocí.  

Abrí la caja con mis manos, no completamente. No  podía ver qué había adentro. Saqué dos objetos: ropa interior que dejé en la casa de tus papás y el llavero de  Lego Obi Wan Kenobi que te regalé en navidad. Me di  cuenta de que después del día cero, te extrañe por dos  días más pero después ya estaba bien. Aliviada, para ser  precisa. Vi mi lencería y tu llavero en la mesa. Estaba  bien. Me puse las bragas, martillé tu llavero y después  me eché una chela en silencio. Fátima llegó a mi departamento con flores y vino preguntando cómo estábamos  con los ojos llenos de entendimiento y compasión. Mariana estaba cheleando conmigo.  

El tiempo no es linear dentro de los sueños. Podría inten tar explicar cómo los eventos fueron evolucionando pero  no me es claro. Me acuerdo de las tres bailando. Me  acuerdo de que mi departamento estaba lleno de gente  bebiendo y cantando, alguien había encontrado la caja

Todavía había cosas adentro. No quería enterarme de  nada de ello, pero debía hacerlo. Tomé la caja y me fui  hacia la ventana. Prendí un cigarro y empecé a intentar  sacar algo de la caja. De fondo, Esa niña de Luis Miguel  me taladraba los oídos y en mi cabeza el recuerdo de  cada vez que me la dedicaste me hacía querer vomitar y  mear a la vez. Como si quisiera ya no estar dentro de mí  misma y solo por medio de fluidos pudiera escapar-me.  Jamás te voy a perdonar haberme echado a perder Luis  Miguel, pinche vato básico. Mariana y Fátima se acer caron para darme tequila de la botella, me dieron  eternidades de tequila que lavaron mis náuseas. Las amo  tanto. Cantamos a grito pelado Jenni Rivera y nuestros  pulmones jamás me parecieron tan fuertes como durante  el coro de Se las voy a dar a otro.  

Adriana estaba ahí, me quitó el espejo con tres líneas de coca que ya tenía tan bien acomodadas frente a mí. Esto  solo pasó, no recuerdo cómo. Empecé a llorar de rodillas, ella me levantó y me llevó a algún cuarto. El bullicio  de la gente en el huateque se fue haciendo más suave.  Por primera vez, me di cuenta de mi tamaño, de cómo  Adriana es mucho más alta y fuerte que yo. Dejé de poner resistencia en sus brazos. En otro cuarto, me acostó  suavemente en una cama y me dio que abriera la caja por  completo. Fernanda entró al cuarto de la nada con una  cuba en la mano para darme mi martillo, la caja, y un  cuchillo de la cocina. Me sonrió. Me dejaron sola. El  cuarto de transformo rápidamente en tu cuarto

No soy tan pendeja como crees, sé lo que significa todo  esto. Sé porqué todas estas personas estaban en mi de partamento. Siempre odié lo mucho que que disfrutabas  mi melancolía. ¿Qué clase de enfermo disfruta de ver  que tan triste y deprimida es la mujer que se coge y tex tea todos los días un te amo? ¿Qué clase de pendeja se  queda tanto tiempo con esa clase de pendejo? No soy  una víctima, sino solo alguien que aprende sobre rela ciones a madrazos. Tú no eres el villano, eres alguien  que no tiene los huevos para decir la verdad. Espero que  nunca leas esto.  

Detesto cuánto te esforzabas porque yo te gustara. Odio  lo fácil que fue terminar todo. Odio como nunca me pud iste ver por lo que soy. Simplemente no me pinches  podías ver. Siempre te voy a resentir, no porque nunca  quisiste nada serio [eso está bien y es entendible] sino  porque nunca tuviste el coraje de verme a los ojos y de cirme la verdad. Para ti nunca merecí la verdad.  

Las paredes en tu cuarto empezaron a sangrar. La sangre  de tus paredes olía a tu colonia y mimosas. El olor me  emborrachó. Lloré y lloré por lo que parecieron días, tu  cama estaba empapada en lágrimas y el agua había vuelto todo rosa por toda la sangre de las paredes. El clóset  estaba vacío pero lleno de tu risa. Escuché a Johnny Cash cantarme al oído Cry cry cry muy suavecito, como  dándome permiso para salir de mí en forma de lágrimas.  Tu cuarto era un desmadre y sé que eso te caga. Todo olía a esa vez que desperté sola y cruda en Oaxaca, olía a  la primera vez que te extrañé.  

Tomé las tres cosas que Adriana y Fernanda me dejaron.  Abrí la caja de un cuchillazo. Había mucho papel morado, no sé bien porqué. Mandaste una botella del mezcal  barato que me encanta, la bufanda que te tejí, una carta.  

Fui arrogante y pensé que era una carta de acuerdo a mi narrativa, una carta en tono de Adiós, te amé tanto y soy  un pendejazo. No lo era. Era un papel que contenía todos  mis miedos, escuchaba tu voz decirme cada una de estas  cosas. Podía sentirte ahí, enojado, celoso y gritándome.  Incapaz de comprender las razones por las que me fui y  nunca te llamé otra vez. Me rompiste en mis sueños de la  misma manera en la que tu última nota de voz me  rompió. Orquesté la pesadilla perfecta. Lo peor de todo,  es que la mayoría de la las cosas que decía esa carta, sé  que las creías de verdad. La mayoría son verdad, aunque  injustas.  

Desperté más cercana a ti que nunca, sudando, con  fiebre, sin aire y mi corazón retumbando en dolor y  necesidad gritarte. Desearía que, por una vez, me estuvieras gritando solo para saber si alguna vez sentiste algo por mi como ser humano o solo fui un objeto que te gustaba presumir y cogerte cuando borracho. Me gustaría poder saber si te gustaba yo o la imagen de mi junto  a ti. Chinga a tu padre, sigo encabronada contigo y conmigo. Encabronada con nosotros.

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