Es de foráneas pasar Navidad fuera de casa

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Ya sea por curiosidad o por gusto, muchas hemos visto el clásico de “Mi pobre angelito” tiradas en el sofá de nuestra sala mientras comemos todo lo que encontramos en el refrigerador.

Y si no, te platico que la trama va de un niño que por azares del destino se queda solo en casa en vísperas de Navidad, y pues así yo en mi primera fiesta decembrina fuera del hogar.

A los veintidós decidí dejar mi natal Torreón, Coahuila, y volar a la CDMX para ejercer mi profesión de comunicóloga, pues estaba segura de que acá tendría más oportunidades para crecer profesionalmente.

Sin embargo, antes de partir no me puse a pensar en todos aquellos momentos de soledad que estaba a punto de vivir.

Mi mamá es fan de Navidad; ama armar el pino, colgar botas aunque no tenga chimenea, y vestir el baño (sí, es de esas mamás que visten el baño).

Mi familia entera se emociona comprando regalos para cada uno de los integrantes, y siempre elige el adecuado.

¿Hay posadas? Claro que sí, con todo y ponche, buñuelos, piñata, velitas y bolos. ¿Me perdí de todo esto alguna vez estando lejos de casa? Sí.

Recuerdo que pensar en la primera Nochebuena sin mi familia parecía toda una tragedia; sin embargo, a mi corta edad ya estaba consciente de que todo lo que me sucediera era para bien.

Me gusta ser independiente, me gusta crecer emocionalmente, y sabía que esta era la oportunidad perfecta para demostrarme a mí misma que pasar una época tan importante como esta solo iba a ser una prueba mayor que debía superar, y que una vez que lo hiciera, me sentiría más en confianza conmigo misma. Amor propio le llaman…

Recuerdo que ese día salí muy temprano de mi departamento para comprar lo que necesitaba en mi cena para una. La cual se llevaría a cabo en el lugar más especial de mi hogar: mi recámara.

Compré todo (según yo) para replicar (según yo) la deliciosa cena que prepara año con año mi mamá.

Se me olvidaron varios ingredientes, la cocina terminó hecha un desastre y ni de broma mi comida tenía el mismo sazón que la de mi mamá. La buena noticia es que todo era comible.

Quiero mencionar que el highlight de mi noche fue el postre, porque lo compré ya hecho; la mejor decisión de mi día.

Una vez en la cama rodeada de comida mal hecha no me quedó más que agradecer por la paz de ese momento. Estaba feliz por estar conmigo, y aún más de saber que a unos kilómetros estaba mi familia reunida cenando delicioso, abriendo regalos y mandándome fotos de lo increíble que la estaban pasando.

A veces nos toca estar lejos de la familia, otras demasiado cerca, pero aquella noche aprendí dos cosas… La primera, teniéndome a mí segura, feliz y en paz, todo está bien, y la segunda, cuando pongas a cocer el espagueti ponle una cucharada de aceite porque si no te pega y terminas cenando puré de pasta.

Con amor para mis foráneas…

Ale Vidal

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Nos leemos pronto.

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